CARLOS RUBIRA INFANTE - EL EMPLEADO POSTAL - UNA FACETA POCO CONOCIDA DE SU VIDA






Universo 1 de agosto 1976



Hoy domingo 14 de junio revisando unos archivos de 1975 me topé con esta noticia sobre el Día Universal Postal que se celebraba en la Oficina de Correos de Guayaquil. Como estaba en el computador y tenía abierto el whatsapp decidí compartirla en el chat del Club Filatélico Guayaquil. No revisé en detalle la noticia porque me encontraba en otra misión. Pero luego de pocos momentos Daniel Chiang que es muy riguroso para revisar todo lo que se postea en el chat se dio cuenta que uno de los empleados postales mencinados era Carlos Rubiera Infante.

Posiblemente tal vez un poco incrédulo Daniel confirmó este dato con ayuda de una IA y esto fue lo que obtuvo:

[14/6 8:20 a. m.] Daniel: Sí, el destacado compositor ecuatoriano Carlos Aurelio Rubira Infante trabajó en el correo estatal durante 36 años. 

Comenzó su labor en la institución pública Correos del Ecuador en el año 1954. Se desempeñó inicialmente como cartero en la ciudad de Guayaquil. Al principio de su carrera tuvo dificultades porque no conocía la distribución de las calles, por lo que utilizaba las noches para recorrer la urbe en bicicleta y memorizar las rutas. 

Detalles de su trayectoria institucional

Periodo laboral: Trabajó de forma continua desde 1954 hasta su jubilación definitiva en el año 1990. 

Funciones: Inició sus pasos como cartero de distribución urbana y posteriormente ascendió a labores administrativas en las oficinas principales de la entidad en Guayaquil. 

Vínculo cultural: Su empleo inspiró y bautizó el programa radial "La Voz del Correo", espacio que él mismo condujo durante varias décadas a través de la señal de Radio América

[14/6 8:24 a. m.] Daniel: Las composiciones más famosas del legendario compositor ecuatoriano Carlos Rubira Infante (a menudo recordado por el público como Carlos Rubira) abarcan más de 600 creaciones que son pilares de la música nacional. [1, 2]

Entre sus obras más destacadas se encuentran:

Guayaquileño, madera de guerrero: Un emblemático pasacalle que se ha convertido en un auténtico himno popular de la ciudad.

Playita mía: Un famoso pasacalle que evoca la nostalgia y el paisaje costero.

En las lejanías: Uno de sus pasillos más sentimentales y reconocidos internacionalmente.

Esposa: Un clásico pasillo romántico que perdura en el cancionero ecuatoriano.

El Cóndor Mensajero: Tema alusivo al sentir de los migrantes que ha trascendido fronteras.

Ojos que me amaron: Un hermoso pasillo que demuestra su gran capacidad lírica.

Lindo Milagro: Una de sus composiciones más queridas y alegres.

[14/6 8:27 a. m.] Daniel: El célebre pasacalle ecuatoriano "Ambato, tierra de flores" fue creado en coautoría por dos importantes figuras de la música nacional: 

Autor de la letra: El poeta ambateño Gustavo Egüez Vaca, quien escribió los versos en 1948.

Compositor de la música: El maestro guayaquileño Carlos Rubira Infante, quien le dio su tradicional ritmo musical.


A lo que yo respondí que este hallazgo merecía una reseña y eso es lo que estoy haciendo.



Hablar de Carlos Rubira Infante es adentrarse en el corazón mismo de la identidad musical del Ecuador. Fue uno de los compositores e intérpretes más prolíficos y trascendentales del país, capaz de retratar el alma del pueblo ecuatoriano a través de pasillos, pasacalles, albazos y tonadas. Su legado no solo reside en sus canciones, sino en haber musicalizado el sentido de pertenencia de múltiples ciudades y provincias.


Primeros Años y Despertar Musical

Nació en Guayaquil el 16 de septiembre de 1921, en el tradicional barrio del Astillero. Hijo de Obdulio Rubira Rodas y Amarilis Infante Villacís, creció en un entorno donde la música popular se respiraba en cada esquina.

A los 14 años ya desafiaba la oposición de su padre (quien prefería para él un futuro alejado de la bohemia) y comenzó a cantar en los portales de su barrio. Su talento natural lo llevó a los auditorios de las primeras radioemisoras locales, como El Telégrafo, donde su voz empezó a ganar reconocimiento nacional.

El Gran Compositor de las Ciudades

Si algo caracterizó a Rubira Infante fue su asombrosa capacidad para componer himnos populares que adoptaron un carácter casi oficial en el sentir de la gente. Su catálogo supera las 400 canciones, muchas de las cuales son verdaderos pilares del cancionero nacional:

  • Guayaquileño, madera de guerrero: Compuesta en un momento de profunda nostalgia y orgullo, se convirtió en el segundo himno de la Perla del Pacífico, un pasacalle que define el carácter altivo y valiente del guayaquileño.

  • Chica linda: Un pasacalle alegre que exalta la belleza de la mujer ecuatoriana.

  • Esposa: Un pasillo de profunda entrega lírica y romántica.

  • Playas de mi tierra: Inspirada en los paisajes costeños.

  • Ambato, tierra de flores y El cóndor mensajero: Temas que demuestran que su sensibilidad no tenía fronteras regionales, logrando retratar la esencia de la Sierra con la misma maestría que la de su Costa natal.

Maestro de Grandes Voces

Además de su faceta como creador, don Carlos tuvo un oído clínico para descubrir y pulir diamantes en bruto. Formó el recordado dúo Rubira-Pantaleón junto a Olimpo Cárdenas, ayudando a catapultar la carrera de este último.

Años más tarde, en los pasillos de Radio Cristal, descubrió a un joven con un talento excepcional y lo guio en sus primeros pasos en la industria musical. Ese joven era Julio Jaramillo, quien posteriormente se convertiría en el máximo exponente de la música ecuatoriana a nivel mundial.

Reconocimientos y Legado

A lo largo de su dilatada trayectoria, recibió numerosos honores directos del Estado ecuatoriano y de diversas municipalidades. Entre los hitos más memorables de sus últimos años se encuentran:

  • Premio Eugenio Espejo (2008): El máximo galardón a la cultura otorgado por el Gobierno de la República del Ecuador, en la categoría de Artes de la Música.

  • Salón de la Fama de los Compositores Latinos (2018): Un reconocimiento internacional de enorme envergadura. El maestro viajó a Miami a sus 97 años para recibir este ingreso, consolidando su estatus como una leyenda de la música hispanoamericana.

Carlos Rubira Infante falleció en su amada Guayaquil el 24 de agosto de 2018, a los 96 años. Su partida física dejó un vacío profundo, pero cada vez que suena un acorde de "Madera de Guerrero" o se entona un pasillo con el alma, su presencia se reactiva en la memoria colectiva del país. Su obra sigue viva, vibrando en la identidad de cada ecuatoriano.


Esa faceta de la vida de Carlos Rubira Infante es, sin duda, una de las más fascinantes y humanas del maestro. Aunque para la gran mayoría de los ecuatorianos él es el eterno autor de "Guayaquileño, madera de guerrero", la realidad es que el arte no fue su única ocupación formal. Durante más de tres décadas, su vida cotidiana transcurrió entre cartas, sellos postales y las calles de su ciudad natal, sirviendo con orgullo en el Correo del Ecuador.

A continuación, se detalla una reseña biográfica centrada en ese vínculo tan estrecho que tuvo con la historia postal y el servicio a su comunidad:

El Cartero que Musicalizó a su Ciudad: Carlos Rubira Infante en los Correos de Guayaquil

Para Carlos Rubira Infante, la música y el servicio postal no eran actividades separadas; se alimentaban mutuamente. Su ingreso al Correo del Ecuador se dio en una época en la que el cartero era una figura central en la vida de los barrios, el portador de las distancias, las alegrías y las nostalgias de las familias.

Los Inicios: Una Ciudad Conquistada en Bicicleta

Cuando Rubira Infante comenzó a laborar en la institución, lo hizo desde el peldaño más bajo y sacrificado: como cartero de a pie y de pedal. Según sus propios relatos y testimonios de la época, en sus primeros días no conocía la intrincada distribución de las calles de Guayaquil de memoria.

Lejos de amilanarse, el joven Carlos adoptó una rutina admirable: por las noches, se subía a una bicicleta y recorría las calles, avenidas y callejones de la urbe para memorizar las rutas y los nombres de las familias que habitaban cada sector. Este ejercicio nocturno no solo lo convirtió en un cartero sumamente eficiente, sino que le dio una perspectiva única de la vida urbana, el sonido de las esquinas y los sentires del guayaquileño de a pie. En esos momentos libres nocturnos, o en las pausas de sus rutas, la inspiración golpeaba su puerta y aprovechaba para escribir o corregir las letras que hoy son inmortales.

El Ascenso a la Jefatura de la Sección Domicilios

Su constancia, disciplina y un carisma innato que se ganaba el afecto tanto de los usuarios de las casillas postales como de sus superiores lo llevaron a ascender dentro de la administración postal de Guayaquil. Fue así como llegó a ocupar el cargo de Jefe de la Sección Domicilios de la oficina de Correos de la ciudad.

Desde esta jefatura, el maestro Rubira tenía la enorme responsabilidad de coordinar toda la logística de la distribución y entrega de la correspondencia que llegaba directamente a los hogares y negocios guayaquileños. En una era previa a la tecnología digital, la Sección Domicilios era el verdadero motor de la comunicación de la ciudad; de su orden dependía que los giros, las noticias familiares y los documentos comerciales llegaran a tiempo.

Quienes lo conocieron en aquellas dependencias postales recuerdan que, a pesar de su creciente fama como compositor y de sus apariciones en las radios locales, don Carlos jamás perdió la sencillez. Era habitual verlo atender a los ciudadanos en los alrededores de las casillas, siempre con un saludo respetuoso, una venia y una sonrisa dispuesta.

"Componer y cantar no fue mi actividad principal" llegó a declarar el maestro a sus 68 años en una entrevista, recordando con profundo orgullo los 36 años que dedicó a su labor en el correo.

El Vínculo con la Música y la Geografía Ecuatoriana

Este trabajo no solo le permitió ganarse la vida con dignidad y mantener un perfil humilde, sino que expandió su visión geográfica y cultural de la patria. El contacto directo con la correspondencia internacional, las encomiendas que venían desde el interior de la Sierra y el Oriente, y las cartas de los migrantes, agudizaron su sensibilidad hacia la nostalgia del ecuatoriano.

No es coincidencia que un hombre que pasó más de media vida manejando las rutas postales de su país fuera capaz de componer temas tan perfectos y descriptivos para otras regiones, como "Ambato, tierra de flores" o "El cóndor mensajero" (cuyo propio título evoca la esencia de la comunicación a la distancia).

Carlos Rubira Infante se jubiló de la institución dejando la vara muy alta en cuanto a la ética del servidor público. Cuando hoy se escucha su música, se está escuchando también el eco de aquel Jefe de Domicilios que, con una precisión nacida de las cartas y las calles, supo exactamente a qué dirección enviar sus canciones para que se quedaran para siempre en el corazón de los ecuatorianos.


 Carlos Rubira Infante vivió de su sueldo como empleado de Correos mas que de la música?

Absolutamente. De hecho, tocar ese punto es hacerle justicia a la realidad histórica de nuestros artistas y poner en valor el enorme sacrificio de Carlos Rubira Infante. El maestro vivió, mantuvo a su familia y estructuró su vida cotidiana gracias a su sueldo como empleado postal, y no de las regalías o ganancias de su música.

Esta realidad, que puede parecer sorprendente hoy en día, se debió a varios factores económicos y sociales de la época:

1. La Falta de Garantías Económicas para el Artista Nacional

En las décadas de 1940, 50 y 60 —la época de mayor producción del maestro—, la industria musical en el Ecuador estaba en pañales en cuanto a la protección de los derechos de autor.

  • Regalías casi inexistentes: Aunque las canciones de Rubira Infante se escuchaban en todas las radios y los discos de pizarra o de vinilo se vendían por miles, los compositores recibían pagos únicos muy bajos por ceder sus derechos a las disqueras, o simplemente no existían leyes ni instituciones (como lo fue mucho después la Sayce) que controlaran y recaudaran eficazmente el dinero por la reproducción de sus obras.

  • La bohemia no pagaba facturas: Los contratos en las radioemisoras o las presentaciones en teatros daban para el diario o para compartir con los amigos en la bohemia, pero no ofrecían ninguna estabilidad económica, peor aún seguridad social o jubilación.

2. El Correo como su Verdadero Sustento

Frente a esa inestabilidad, el empleo en el Correo de Guayaquil fue el ancla de su vida. Su sueldo mensual como cartero y, posteriormente, su remuneración como Jefe de la Sección Domicilios, fue lo que le permitió:

  • Tener un ingreso fijo y seguro mes a mes.

  • Dar estabilidad y sustento a su hogar.

  • Garantizar una jubilación digna tras 36 años de servicio ininterrumpido.

El propio maestro lo dejaba claro en sus entrevistas cuando ya era un anciano venerable. Con una mezcla de orgullo y realismo, recordaba que mientras en el día su mente estaba concentrada en organizar los sacos de correspondencia, las hojas de ruta y la entrega de las casillas, la música quedaba para las noches y los fines de semana. Él se consideraba un trabajador público que, además, tenía el don de la música.

Una Paradoja Muy Humana

Existe una profunda paradoja en esto: el hombre que enriqueció el patrimonio cultural y el orgullo de ciudades enteras (dándole identidad a Guayaquil, Ambato o Alausí), tuvo que depender del humilde y meticuloso oficio de clasificar cartas para poder vivir.

Lejos de restarle mérito, el hecho de que compusiera más de 400 canciones en su tiempo libre, cansado tras largas jornadas laborales en el Palacio de Correos, agiganta su figura. Carlos Rubira Infante no hizo música por negocio; la hizo por pura necesidad del alma, mientras el correo le aseguraba el pan de cada día.






La relación entre Carlos Rubira Infante y Julio Jaramillo no fue solo la de dos colegas de la música, sino la de un maestro generoso y su alumno más brillante. Don Carlos fue el descubridor, el pulidor y el primer gran impulsor de la carrera del "Ruiseñor de América", en una época en la que Julio era un joven lleno de ilusiones pero sin ninguna guía en el competitivo mundo artístico de Guayaquil.

La historia de este encuentro cambió para siempre el rumbo de la música ecuatoriana y se tejió a través de tres momentos clave:

1. El Descubrimiento: Las Casillas Postales y la Radio

A inicios de la década de 1950, Carlos Rubira Infante ya era un artista consagrado, compositor respetado y, en su vida cotidiana, un funcionario clave en el Palacio de Correos de Guayaquil. Paralelamente, pasaba mucho tiempo en las cabinas de Radio Cristal, una emisora que era el epicentro de la bohemia y el talento popular.

Julio Jaramillo, que apenas rozaba los 16 o 17 años, solía frecuentar los portales de la radio y los alrededores de las oficinas postales junto a su hermano Pepe. Los hermanos Jaramillo cantaban por las esquinas y buscaban una oportunidad. Fue en ese entorno urbano donde don Carlos escuchó por primera vez la voz de Julio.

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Rubira, que tenía un "oído clínico" absoluto para detectar el talento, quedó impactado de inmediato. Notó que el joven Jaramillo poseía un timbre de voz único, aterciopelado y de una afinación natural asombrosa, pero que cantaba de forma empírica, sin técnica, aire ni control.

2. Las Lecciones: Formando al Ruiseñor

Lejos de ver al joven como una competencia, la generosidad de Rubira Infante afloró. Decidió adoptarlo musicalmente. Se reunían en los momentos libres del maestro (muchas veces haciendo pausas en sus jornadas o al salir de su trabajo) para ensayar.

Don Carlos se convirtió en su mentor directo y le enseñó los secretos del oficio:

  • Técnica de respiración: Cómo dosificar el aire para sostener las notas del pasillo sin ahogarse.
  • Dicción y colocación: Cómo pronunciar cada palabra para transmitir el dolor o la alegría de las letras.
  • El arte del dúo: Le enseñó a hacer la "segunda voz", una disciplina complejísima en la música nacional.

Julio, que sentía una profunda admiración y un respeto casi reverencial por Rubira, absorbía cada consejo como una esponja. Para el joven Jaramillo, don Carlos no solo era el compositor de los temas que él amaba, sino una figura de autoridad bondadosa.

3. El Impulso Definitivo y la Primera Grabación

El espaldarazo final llegó cuando Rubira decidió que Julio ya estaba listo para el escrutinio del público y de la incipiente industria discográfica ecuatoriana.

El debut discográfico de Julio Jaramillo no fue como solista, sino formando un dúo precisamente con su hermano, Pepe Jaramillo. Para ese bautizo musical, Carlos Rubira Infante les cedió una de sus propias composiciones de estreno: el pasillo "Pobre mi madre querida".

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Poco tiempo después, en 1955, Julio grabaría junto a Fresia Saavedra el yaraví "Mi corazón" y el pasacalle "El lila", y al año siguiente estallaría su éxito en solitario con el pasillo "Fatalidad". El resto es historia: JJ se convirtió en un mito internacional.

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El Agradecimiento Eterno

A lo largo de su meteórica carrera, e incluso cuando ya llenaba estadios en toda América Latina y Nueva York, Julio Jaramillo jamás olvidó sus raíces ni a su maestro. Cada vez que regresaba a Guayaquil o coincidía con don Carlos en alguna estación de radio, JJ se acercaba a él con profunda humildad, lo abrazaba y lo llamaba "Maestro" o "Don Carlos", reconociendo públicamente que sin los consejos de aquel cartero y compositor de ojos vivaces, el "Ruiseñor" nunca habría aprendido a volar tan alto.

 

El impacto específico de su obra en Guayaquil, Ambato y Alausí demuestra cómo su música dotó a estas ciudades de una banda sonora que definió su orgullo y su identidad para siempre:

1. Guayaquil: La construcción del carácter altivo y valiente

Para su ciudad natal, Rubira Infante no solo compuso música, sino que esculpió un concepto de ciudadanía. Con el pasacalle "Guayaquileño, madera de guerrero", el maestro logró algo que va más allá del arte:

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  • Sintetizó la resiliencia histórica: Al usar la metáfora popular "madera de guerrero" (que evocaba a los antiguos constructores de barcos del Astillero y a quienes reconstruyeron la ciudad tras innumerables incendios y ataques), le dio al guayaquileño un espejo de dignidad.
  • Un himno de pertenencia: Mientras el himno oficial de la ciudad destaca los hitos políticos de la independencia con un tono solemne, "Madera de Guerrero" se convirtió en el himno del pueblo. Es la canción que se entona en las calles, en los estadios de fútbol, en las fiestas del barrio y en los momentos de crisis. Rubira le regaló a Guayaquil la banda sonora de su temperamento: alegre, frontal, trabajador y profundamente orgulloso de sus raíces.

2. Ambato: La transformación de la nostalgia en un canto de renacimiento

El vínculo de Rubira con la "Tierra de las Flores" es uno de los capítulos más hermosos de la música nacional, marcado por la generosidad creativa:

  • Nacimiento de un clásico: En 1948, el poeta ambateño Gustavo Egüez Vaca escribió en Quito un emotivo poema lleno de añoranza por su tierra, titulado "Ambato, tierra de flores". En sus inicios, las personas musicalizaban estos versos adaptándolos a la melodía de una conocida canción peruana de la época llamada "Cholita".

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  • Identidad musical propia: Cuando Carlos Rubira Infante escuchó el poema y la forma en que se cantaba, sintió que una letra tan hermosamente ambateña merecía un ropaje musical propio, netamente ecuatoriano. Con un respeto absoluto por el sentir andino, don Carlos compuso una melodía original en ritmo de pasacalle. Al dotarla de ese compás vibrante, alegre y lleno de luz, transformó el poema en una celebración a la vida, exaltando el sol, los paisajes y la belleza de las mujeres de la provincia. Hoy en día, esta obra es el pilar cultural indispensable de la emblemática Fiesta de la Fruta y de las Flores, convirtiéndose en un símbolo de cómo la ciudad se levanta siempre con alegría.

3. Alausí: El eco de la distancia y el tren andino

Alausí, en la provincia de Chimborazo, es una joya empotrada en los Andes, históricamente un punto neurálgico de la comunicación del país gracias al paso del ferrocarril transandino y la imponente Nariz del Diablo. Rubira Infante, con esa sensibilidad agudizada por su labor diaria en el Correo manejando las distancias, comprendió perfectamente el alma de este pueblo:

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  • "El cóndor mensajero": Bajo el ritmo tradicional del sanjuanito, el maestro compuso (e interpretó de forma magistral junto a Fresia Saavedra) este tema que es un verdadero monumento cultural para los alauseños.
  • El retrato del migrante y la tradición: La letra de la canción habla directamente desde el corazón de quien ha tenido que dejar su tierra, un fenómeno muy cercano a la historia de la región: "Desde que te dejé, ay mi Alausí, te extraño con pasión...". A través de sus versos, Rubira enriqueció el patrimonio de la ciudad al inmortalizar detalladamente sus tradiciones, como las coloridas fiestas de San Pedro, las corridas de toros de pueblo y la belleza de la "mujer serrana". Al ponerle música a la nostalgia de volver a las "callecitas lindas" de Alausí, el compositor elevó la identidad local a un plano de valor nacional, haciendo que cualquier alauseño, en cualquier rincón del mundo, encuentre en esa melodía su hogar.

En definitiva, Carlos Rubira Infante enriqueció el patrimonio cultural del Ecuador porque actuó como un cartógrafo musical. Supo leer la geografía humana del país y, con una generosidad sin fronteras regionales, le entregó a cada una de estas ciudades una herencia inmaterial invaluable: una canción en la cual reconocerse, unirse y cantar con el corazón.

 



La historia detrás de "Guayaquileño, madera de guerrero" es un relato hermoso de dignidad, orgullo y una profunda nostalgia. Lejos de haber nacido en una pomposa celebración o por encargo, este pasacalle —que hoy es considerado el segundo himno de Guayaquil— cobró vida en la región interandina, impulsado por el deseo de un joven Carlos Rubira Infante de defender la identidad y el carácter de su gente.

El Contexto: Un Guayaquileño en la Sierra

Corría el año 1943. Don Carlos era un joven de apenas 21 o 22 años y se encontraba temporalmente en la ciudad de Ambato, en la provincia de Tungurahua. Había viajado allí por motivos de salud (buscando un clima que le ayudara a recuperarse de una afección pulmonar) y para cumplir con algunas presentaciones artísticas junto a su inseparable compañero de ese entonces, Olimpo Cárdenas.

A pesar de la calidez y el buen trato que recibía en la "Tierra de las Flores", Rubira extrañaba profundamente los portales, el río, el calor y la brisa de su natal Guayaquil.

La Chispa: Una Discusión en una Pensión

La inspiración definitiva llegó durante una tertulia o almuerzo en la pensión donde se hospedaba en Ambato. En la mesa se desató una conversación y un posterior debate político y sociológico entre los comensales (en su mayoría profesionales y ciudadanos de la Sierra) sobre las características y el temperamento de los habitantes de las distintas regiones del Ecuador.

En medio de la discusión, algunos de los presentes comenzaron a emitir juicios un tanto despectivos sobre los guayaquileños, tachándolos de personas superficiales, facilistas, flojos para el esfuerzo sostenido o simplemente "fiesteros" debido al clima tropical.

Al escuchar esto, el orgullo del joven Rubira Infante se encendió. Él, que se había criado en el barrio del Astillero viendo a los carpinteros navales, a los estibadores del puerto y a la gente trabajadora levantarse desde la madrugada a sudar el jornal, no pudo quedarse callado. Intentó defender a su ciudad con palabras, pero sintió que los argumentos verbales se quedaban cortos ante los prejuicios de la época.

La Creación: Una Respuesta con Música

Esa misma tarde, impulsado por una mezcla de indignación y una inmensa nostalgia (aquella que su trabajo en el correo le hacía entender tan bien al ver las distancias en las cartas), se encerró en su habitación de la pensión en Ambato. Tomó papel, pluma y su guitarra, y decidió responder de la mejor manera que sabía hacerlo: componiendo.

Quería escribir una canción que borrara cualquier estereotipo y que definiera de forma irrefutable la verdadera esencia del habitante de la Costa. Recordó una frase popular que su abuelo y los mayores del barrio usaban para describir a las personas fuertes, incorruptibles y decididas: "Ese es de madera de guerrero".

Con esa potente metáfora como columna vertebral, la letra brotó con una fluidez asombrosa:

"Guayaquileño de la tierra mía, para cantar de corazón yo quiero, pues no hay nadie que iguale tu alegría, ni en tu folklore nadie más torero..."

Y en el coro plasmó la declaración de principios definitiva, un recordatorio de que el guayaquileño no se rinde ante la adversidad (haciendo eco también de una ciudad que históricamente resurgió una y otra vez de los grandes incendios y los ataques de piratas):

"En las empresas no hay quien te gane, fuiste el primero en el patrio honor; por algo Dios te hizo un guerrero, ¡para que seas el orgullo del Ecuador!"

El Estreno y el Triunfo de la Identidad

El ritmo elegido no fue el melancólico pasillo, sino el pasacalle, un género vivo, marchante, alegre y altivo, ideal para caminar con la frente en alto. Al poco tiempo, la canción fue grabada y presentada al público. Su impacto fue inmediato y fulminante. Los propios guayaquileños adoptaron el tema al instante, encontrando en él el espejo exacto de su idiosincrasia.

Irónicamente, el tema que mejor canta al espíritu de la Costa ecuatoriana nació bajo el frío y la neblina de los Andes, demostrando que la sensibilidad de Carlos Rubira Infante no conocía de barreras geográficas. Cada 9 de octubre o 25 de julio, e incluso en cada partido de fútbol o jornada cívica, los acordes de esa composición nacida en una pequeña pensión ambateña siguen resonando como el latido indomable de Guayaquil.


Cuando formé parte del Grupo Especial de la Banda de Guerra del Colegio San José La Salle entre 1974 y 1978 tocábamos Guayaquileño Madera de Guerrero . Esta es una grabación de como sonaba esta melodía con instrumentos de percusió:


https://youtu.be/mSHxvsjkzoc?si=wjD7XdAI0k9VyYV_

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