LA COLECCÍÓN DE ESTAMPILLAS DE MI AMIGO DANIEL CEPEDA
Hace unas semanas, mi amigo de toda la vida, Daniel Cepeda Vargas —con quien cumplo este año medio siglo de amistad desde que coincidimos en el mismo curso en el Colegio San José La Salle de Guayaquil—, me pidió que nos reuniéramos en el Río Centro Entre Ríos. El motivo era revisar un grupo de estampillas que le había enviado su hijo desde Estados Unidos, cuyo origen fue una casa en vías de demolición donde el antiguo dueño dejó olvidada una pequeña caja.
Mi amigo Daniel tenía la curiosidad de saber si ese lote (que calculé en unas 1000 piezas) podía tener algún valor económico. Tuve que decepcionarlo: a primera vista, se trataba de ejemplares con toda la apariencia de ser emisiones modernas y muy comunes.
Le expliqué que, aunque cada estampilla tiene un precio de catálogo que se puede determinar, realizar ese avalúo demanda tiempo. Ese mismo día, yo llevaba conmigo algunos lotes que había comprado anteriormente en sobres de 1000 unidades, los cuales se consiguen por unos 5 dólares. Le comenté que, aproximadamente, ese sería el valor de su lote, siempre y cuando encontrara a un comprador interesado.
Esto último responde a la ley de oferta y demanda. Hay una realidad indiscutible: los coleccionistas de estampillas son cada vez menos y pertenecen a generaciones mayores; cuando uno fallece, no hay un relevo generacional claro. Al haber menos filatelistas demandando piezas, estas tienden a valer cada vez menos.
No importa si una estampilla tiene más de 100 años; la antigüedad por sí sola no es un factor determinante. Hace un siglo, muchas de estas piezas fueron impresas por cientos de miles o millones, lo que las convierte en ejemplares muy corrientes hoy en día.
Esto no significa que toda colección carezca de valor; existen grupos de estampillas sumamente valiosos, pero es muy difícil encontrarlos en un hallazgo fortuito.
Daniel me entregó su colección y me ofrecí a ordenársela para que pudiera apreciarla mejor y, así, tomar una decisión informada. Al iniciar el proceso, volví a las fuentes, pues hacía muchos años que no clasificaba un grupo de países tan diverso. Utilicé herramientas modernas como la aplicación Stamp Finder, que facilita la identificación del país de origen en casos difíciles.
Usé un pequeño clasificador y, tras separar las estampillas en sobres por país, procedí a ordenarlas por tamaño e identificar las duplicadas (que no fueron muchas). El resultado final se puede apreciar en las hojas del clasificador que ilustran esta reseña.
Adjunto las imágenes del proceso por etapas. Aunque no acostumbro a contar las estampillas de mi propia colección, esta vez hice una excepción: este grupo ordenado alcanzó las 751 estampillas diferentes, además de algunas repetidas.









































